La Jura del Rey Ramiro I

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26/06/2015
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Discurso del Magistrado Fernando Conde

Intervención Magistrado

Acto en Simancas

 

El 9 de octubre de 2014, la Academia Sueca decidía otorgar el Premio Nobel de la Paz, ex equo, a Kailash Satyarthi y a Malala Yousafzai. Al primero, por su defensa de los derechos de los niños en La india; a la segunda, a Malala, por su cruzada en favor del derecho de toda niña o mujer a estudiar y recibir una formación digna.

Malala Yousafzai nació en Mingora, una ciudad al norte de Pakistán, en la cabecera del valle del río Swat, donde los talibanes han establecido un auténtico régimen de terror desde el año 2000. En el valle del río Swat las niñas han tenido prohibido asistir a la escuela desde 2003 hasta 2009. 

Pero Malala, como digna heredera de una tradición que, de alguna forma, nació en esta noble villa de Simancas hace más de once siglos –casi doce-, se negó a aceptar ese destino. Y con tan solo 11 años abrió un blog en la BBC inglesa, bajo el seudónimo de Gul Makai (la flor del maíz) para narrar su día a día y dar cuenta de los horrores que el islamismo integrista siembra en aquellas latitudes.

Hace más de once siglos, digo, siete muchachas jóvenes de Simancas, quizá de la misma edad que Malala, decidieron amputarse una mano para evitar el escarnio de ser entregadas, en contra de su voluntad, al rey Abdemarrán II. Aquellas manos cercenadas abofeteaban, siquiera simbólicamente, a quien pretendía convertir en simples objetos, meros tributos y pago en especie a siete personas.

Aquellas jóvenes simanquinas legaban a la historia un ejemplo de rebelión contra el poder, pero sobre todo contra quienes, de esta forma, pretendían convertir a la mujer en vía de humillación para todo un pueblo y, por aquel entonces, para todo un reino.

Malala Yousafzai es hoy una referencia para las niñas y mujeres de todo el mundo. En 2012, cuando viajaba en un autobús escolar, un miliciano talibán le disparó a bocajarro varios tiros en la cara y en el cuello. La belleza de Malala, tanto exterior, que era mucha, como interior, que es aún mucha más, quedó desfigurada, abatida y humillada por la sinrazón.

De nuevo, once siglos después –casi doce- de la gesta de aquellas muchachas de Simancas, la intransigencia, el integrismo, la falta de cultura y el absurdo desfiguraban a una mujer en represalia por su búsqueda de la libertad, del respeto y de los derechos humanos.    

A Malala, su valentía, su blog, sus palabras y su deseo de luchar por un mundo mejor le han valido, al menos, el reconocimiento de ese Premio Nobel de la Paz, convirtiéndola con tan sólo 17 años en la persona más joven en recibirlo.

Y de alguna manera estoy convencido de que el espíritu y el ejemplo de Malala habitan en lo que yo me atrevo a llamar, aquí y ahora, “La conciencia de Simancas”.

Habita en Malala el mismo deseo que habitaba en aquellas primeras doncellas mancas que, quizá sin ser conscientes de la magnitud de su gesto, quisieron  lanzar a través de la historia un grito de libertad y de no sometimiento, dirigido a todas las mujeres del mundo.

Creo sinceramente que desde aquí, desde Simancas, desde este nuevo ayuntamiento que acaba de constituirse, debería fomentarse esta idea, este impulso. Creo que debería empezar a moverse ese concepto, “La conciencia de Simancas”, como fórmula universal para apelar al respeto, en todos los lugares del mundo, hacia la mujer, hacia sus circunstancias, hacia sus derechos y hacia un inaplazable compromiso con la igualdad en todos los ámbitos de la vida.

Y en ese impulso debéis jugar un papel de especial significancia las mujeres de Simancas.

Sé que en este pueblo, del que también soy vecino, hay una inquietud constante y viva. Y sé que en este pueblo las mujeres juegan un papel fundamental, se mueven y promueven el asociacionismo, reivindican su papel en el mundo y en la sociedad, al tiempo que claman por una igualdad y una dignidad que, en muchos rincones de la tierra, no se ha conseguido ni de facto, ni de iure… O, tal vez sí, pero sólo de derecho, en ningún caso de hecho.  

Y es por tanto a vosotras, a las mujeres de Simancas, a las que os corresponde fomentar ese impulso, esa “conciencia de Simancas” como movimiento, como concepto, como valor legado por la historia y, sobre todo, como ejemplo. El ejemplo de aquellas doncellas valientes que decidieron cercenarse una mano para poder pelear mejor… para poder pelear por el derecho a no ser tratadas como objetos de intercambio.

 En la historia de España y en la del mundo, tenemos muchos ejemplos de mujeres heroicas, de mujeres que han destacado por su valentía y por su lucha contra la opresión. Pero ninguno tan antiguo ni tan valiente (hay que ser muy valiente para amputarse una mano) como el de aquellas doncellas de Simancas.

Las mujeres, cuando han actuado en comunión, han sido capaces de las mayores proezas. Recuérdese como ejemplo mayor de esto que digo a la Lisistrata de Aristófanes, que fue quien inventó la huelga sexual como medida coercitiva para desactivar la guerra -algo que siempre ha sido cosa de hombres-. Por eso, como Lisistratas modernas, como Malalas, es necesario, es perentorio que las mujeres sigáis uniendo fuerzas en defensa de vuestro primordial papel en el mundo.

Un mundo que hoy, pese a sus avances, sigue siendo un mundo de hombres. Y mucho más en lugares como el valle del río Swat, donde las mujeres ni siquiera pueden ir a la escuela. El mundo de hoy es un mundo políticamente correcto con las mujeres, pero nada más. En el fondo, el mundo de hoy sigue siendo un mundo masculino en el que, quizá “el qué dirán”, obliga a ceder algo de espacio a las mujeres. Pero aún es una mera postura estética.   

Sin embargo, esto no puede seguir así mucho más tiempo. Las mujeres sois la esperanza verdadera allá donde los hombres están volviendo a la caverna –y no precisamente a la de Platón-. Allá donde, como en el valle del río Swat, los hombres están empeñados en que, en el nombre de Dios, debemos volver a una nueva Edad Media, más oscura y anodina, si cabe, que la anterior.

Por eso “la conciencia de Simancas”, esa conciencia que revive en cada mujer capaz de sacrificar su cuerpo o su alma para evitar el triunfo de la sinrazón, debe convertirse en la bandera que abracen, que abracéis, todas las mujeres, en todos los lugares.

Ese será el reto, vuestro reto, si decidís aceptarlo: que de esta celebración que aquí tiene lugar cada año, un sábado de junio, nazca un verdadero espíritu universal de lucha por los derechos de la mujer. Tenéis el reto de hacer que nazca y despierte esa “conciencia de Simancas”.

Malala  Yousafzai es un ejemplo de nuestro tiempo, pero esas siete manos cercenadas son la memoria que nos apunta directamente desde el pasado...

Ya es momento de que recojamos, de que vosotras, las mujeres de Simancas, recojáis su testigo. Muchas gracias

 

 

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